Reportajes El Mercurio, Domingo 6 de enero de 2008
No se puede reprochar a la Presidenta la falta de contención emocional que mostró Belisario Velasco. Tal falta de deferencia hacia la autoridad presidencial -no costaba nada esperar- es simplemente inaceptable. Él debió leer a Séneca: la dignidad de quien ejerce un cargo público depende del cumplimiento del deber, no de los espasmos emotivos de última hora.
Carlos Peña
Una de las características de un régimen presidencial es que los ministros son de exclusiva confianza de quien ejerce la presidencia. El jefe o la jefa de Estado, al margen de los avatares electorales, decide quién y por cuánto tiempo, tomará parte en la alta administración del Estado. El revés de este principio es un mínimo de deferencia y de lealtad: al aceptar el cargo, los ministros se someten a la autoridad presidencial para determinar hasta cuándo se quedan. Por eso no renuncian: en vez de eso, y cuando es necesario, ponen el cargo a disposición de quien los designó.
Ese sometimiento no es un asunto de lealtades personales o subjetivas. Es una cuestión de respeto a las instituciones. Al jurar el cargo, se acepta que, salvo la muerte u otro estropicio semejante, se estará en él hasta que la Presidenta lo decida. En eso consiste la liturgia del régimen presidencial.
Por eso son muy raros los casos en los que un ministro da un portazo y se va.
Hasta que llegó Belisario Velasco.
Su entrada al gabinete fue una de las cosas más inexplicables y desafortunadas del Gobierno. Funcionario, no cabe duda, aplicado -y temido, para qué estamos con cosas-, Belisario Velasco fue lo más parecido que tuvo la transición a la democracia a un guardia o a un jefe supremo de inteligencia.
Pero nada hacía pensar que pudiera ser ministro del Interior.
Un funcionario de esa índole comparte las funciones de la Presidenta. No es un jefe del staff presidencial (como ocurre, en un sentido distinto, en el régimen norteamericano); pero es un coordinador de la administración del Estado y hasta cierto punto un jefe político que ordena estratégicamente las acciones del gabinete.
O sea, todo lo que Belisario Velasco -por la edad que tenía al asumir y por las capacidades que mostró en su vida pública- no podía ejercitar. No estaba ni para madrugar ni tenía la legitimidad política, o la habilidad, para coordinar los apoyos a la Presidenta.
Al renunciar de la manera en que lo hizo mostró, además, que nunca entendió de qué se trataba el asunto en el que participaba.
Velasco olvidó que las tareas del Estado no se asumen ni para salvar el alma ni para la autorrealización personal.
Porque -salvados los deberes morales básicos que aquí no estaban en cuestión- no hay nada que justifique que un ministro dé un portazo como el que Belisario Velasco acaba de dar a la Presidenta. Aliñado, además, con recriminaciones filtradas a la prensa que no vienen al caso y que sólo acreditan que él confundió la subjetividad de las relaciones personales con los deberes que le imponían las reglas. Por eso, si él pensó por un momento que su renuncia tenía por objeto salvar su dignidad, la verdad es que acabó estropeándola: cuando se es ministro no se la salva a costa de incumplir los deberes a los que uno se comprometió. Velasco debió leer a Séneca: la dignidad de quien ejerce un cargo público consiste en adherir al deber que éste conlleva.
¿Puede reprochársele a la Presidenta este incidente que más que grave es bochornoso?
Es verdad que la jefatura del Estado arriesga eso que se llama culpa in eligendo. El revés de la autoridad presidencial es que quien la ejerce toma sobre sí las consecuencias de las decisiones que adopta. Si eligió mal -como en este caso-, la culpa, podría sostenerse, es en algún sentido suya.
Pero la verdad es que es insensato reprocharle a la Presidenta una renuncia como la de Belisario Velasco. Tamaña falta de contención emocional de quien ejerció la Vicepresidencia de la República -al extremo de no poder esperar con un mínimo de estoicismo que hubiera un cambio de gabinete en forma- no se le puede reprochar a la Presidenta. Al renunciar de esa manera, Belisario Velasco borró de una sola vez su prestigio, malgastó la imagen de funcionario de Estado que había construido y mostró que malentendió el cargo que, por voluntad presidencial, detentaba.
Porque -para qué estamos con cosas- se puede echar por la borda la deferencia que se debe a las reglas y a la vieja práctica del sistema presidencial cuando están en cuestión deberes morales básicos; pero no cuando uno está en desacuerdo con los estilos de administración del Estado. En este último, caso la dignidad aconseja, en vez de pegar portazos impropios, esperar.
Hasta en la dictadura -que tanto motivos dio para este tipo de defecciones- uno encuentra casos de estoicismo ministerial. Y es que no cabe duda. Velasco pudo tener motivos para estar molesto; pero en reprimir esos motivos y en esperar radica la virtud de quienes tienen sentido de Estado. Justo lo que Velasco, en la hora nona, mostró que no tenía.
domingo, 6 de enero de 2008
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