Por Carlos Peña
El Mercurio, Reportajes - Opinión Domingo 7 de octubre de 2007.
No sacamos nada con perseguir a la familia Pinochet. Salvo arriesgar el peligro de compensar simbólicamente todas nuestras faltas. Y que así el grupo que medró a su sombra adquiera sin problemas la más plena respetabilidad.
Si le creemos al juez Cerda -su rapidez y audacia derivan de su discutible convicción que el deber de los jueces es leer la arquitectura moral del universo-, la familia Pinochet vivió a costa del erario nacional y de las rentas generales durante unos buenos años. Con cuentas por aquí y por allá, nombres falsos y recovecos de toda índole -que mostraban la mala conciencia con que se ejecutaban esas operaciones-, sujetos como Ballerino y otros militares distrajeron dineros públicos en interés privado.Es decir, ejecutaron una corrupción de esas de manual. Las operaciones que relata Cerda podrían estar en un power point hecho para explicar, en un par de minutos, en qué consiste exactamente ejecutar actos de corrupción.Esos actos deben, por supuesto, ser castigados. Ni siquiera los creyentes de Pinochet -los simples partidarios hace rato que ya están en silencio- pretenderán a estas alturas algo distinto.Pero -dicho lo anterior- hay algunas cosas que incomodan. Esa incomodidad no es producto de la conmiseración que origina la derrota o un resultado de la lástima que estimula el árbol caído. Tampoco es piedad.Es otra cosa.Desde luego, el procesamiento motivó escenas que provocaron vergüenza ajena. Como ese grupo de diputados entonando la Canción Nacional luego de enterarse de la detención de los Pinochet. Eso no fue falta de sobriedad. Fue simplemente necio. Ese acto da cuenta de la pérdida de proporciones en que incurren a veces algunos parlamentarios. Esos diputados traspasaron la delgada línea que divide lo sublime de lo ridículo.Se suma a lo anterior una rara sensación de injusticia.Ocurre que mientras los subordinados de Pinochet hacían malabares con los dineros públicos para proveer los gastos alimenticios y familiares del dictador, había un conjunto de personas hoy perfectamente respetables (para ganarse el respeto hay una receta infalible: confiar en el tiempo y hacer filantropía) que manteniendo una suave tolerancia a lo que entonces se llamaban excesos, prosperaban al amparo de lo que Pinochet hizo posible. Lo halagaban a él y a su familia, ponderaban los botones y los sombreros de doña Lucía, cooptaban a los militares y hacían cotidianamente las cuentas para verificar que todo el esfuerzo no fuera en vano. Ese grupo -que florece en todas las dictaduras- brilla hoy día por su ausencia. Ha desaparecido. Salvo dos o tres true believers, verdaderos creyentes, el resto se hace el leso y toma distancia.Ese fenómeno lesiona la justicia. No es exactamente la justicia del tipo de la que quiere alcanzar Cerda. Pero es justicia. Creo que Derrida la llama justicia anamnésica: la justicia de la memoria. Esa justicia no se consuma exactamente en los tribunales, se hace en la cultura, en la historia, en la educación, en la escritura.En cambio, este tipo de juicio -que hay que llevar adelante, no cabe duda- arriesga el peligro que nos sirvamos de la familia Pinochet para hacer una compensación simbólica y que entonces ese otro grupo -que prosperó a la sombra de lo que él hizo posible- ingrese sin más a la luz de la más plena respetabilidad.Mientras no elaboremos ese fenómeno -eso que no nombramos, esa escena original-, el asunto Pinochet volverá de nuevo bajo los más disímiles, los más diversos pretextos.Al revés de lo que suele creerse, Pinochet está lejos de haber desaparecido de la escena pública en Chile. Está instalado en sus más recónditos intersticios. Y es que el factor Pinochet no es ese sujeto hoy día difunto, sino la impostura y los excesos que él hizo posible y que aún no logramos elaborar. Esa impostura y esos excesos -de los que el fraude que constata Cerda no es más que un detalle- es lo que todavía miramos de manera apenas oblicua, sin atrevernos a verlo de frente, y eso es lo que retorna una y otra vez a propósito de las más disímiles circunstancias. Ése es el sesgo de Chile que aparece y reaparece una y otra vez.Y así uno tiene la sensación de que el castigo penal a la familia Pinochet no es lo esencial. Después de todo, Augusto Pinochet tenía deberes alimentarios. Y por cumplir esos deberes, hoy día mismo hay gente que renuncia a sí misma y es capaz de las peores servidumbres. Es cosa de mirar alrededor.Lo esencial, en cambio, es cuadrar las cuentas con el pasado, no exactamente con Pinochet, sino con lo que él hizo posible; pero eso no se logrará encarcelando a su viuda y a un puñado de alimentarios a estas alturas inofensivos.
lunes, 8 de octubre de 2007
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