lunes, 8 de octubre de 2007

Hable con ella

Opinión El Mercurio, Domingo 7 de octubre de 2007.
Por Max Colodro

La aprobación del Gobierno y de la Concertación va en caída libre, pero nadie reconoce problemas políticos, falta de liderazgo.

Se ha insistido hasta la majadería, pero la Presidenta no quiere escuchar: el estilo de gestión y sobre todo el diseño político del gobierno van a llevar inevitablemente a la Concertación al despeñadero. Es lo que está ocurriendo y es lo que terminará por pasar si Bachelet no realiza una rectificación profunda, que a estas alturas ya no pasa sólo por un cambio de rostros.Ha habido demasiada soberbia, demasiada frivolidad. Este es un gabinete sin fuerza y sin conducción, donde algunos personajes parecen sacados de un programa de farándula, preocupados únicamente de su imagen, y de aprovechar sus quince minutos de fama. La aprobación del Gobierno y de la Concertación va en caída libre pero nadie reconoce problemas políticos, falta de liderazgo. Se nos dice que es sólo cuestión de comunicaciones, o que todo pasa ahora por los efectos del Transantiago. Con aparente convicción, la autoridad insiste en no reconocer la singularidad política de esta crisis, poniendo siempre la solución en el problema equivocado. Se ha reforzado así el inmovilismo y la lógica defensiva, sin siquiera percatarse que el país, la ciudadanía a la que tanta referencia se hace, ya los desnudó; se dio cuenta que hay aquí un problema de funcionamiento, y ante la falta de respuesta, ha empezado a castigar duramente tanto al Gobierno como a la coalición oficialista.Los sectores más responsables de la Concertación están pagando también los platos rotos, pero no pueden quejarse, ya que tienen en esto una alta cuota de responsabilidad: la de haber dejado hacer, la del aplauso cínico, la de creer que bastaba con no encarar la realidad para que la gente no se diera cuenta de lo que pasa, que se podía tapar con discursos y sobre todo con silencios el profundo deterioro político que este estilo de hacer las cosas expresa y encarna. La dirigencia histórica del oficialismo decidió así no dar la pelea, no exteriorizar nada, dejando que la presidenta siguiera fielmente su instinto, como si la administración de este proyecto político, que tanto costó construir, le perteneciera exclusivamente a ella. Las dirigencias terminaron siendo cómplices en este juego absurdo que consiste en llamar a respaldar cualquier cosa, apelando a un sentido de lealtad muy mal entendida y, sobre todo, suicida. Pero nada es gratis en política y la Concertación está empezando a pagarlo caro.Mirando crudamente el escenario, empieza a existir la sensación de que nos acercamos de manera peligrosa a un punto de no retorno. El deterioro de imagen del Gobierno y de la Concertación puede estar llegando ya al límite de lo irrecuperable. Y la verdad, no quedan muchas esperanzas: con seguridad los asesores comunicacionales de la Presidenta y los dirigentes partidarios le dirán que la cosa no es tan grave, que es sólo culpa del Transantiago y del machismo, o de una oposición sin ánimo constructivo. El gabinete de los artistas de cine podrá seguir durmiendo tranquilo, simplemente porque la presidenta no está dispuesta a reconocer el fracaso de su diseño original y, además, "no se deja pautear por encuestas".Si no fuera porque hay demasiada gente que lo pasa mal cuando los gobiernos no hacen bien la pega, podríamos cómodamente sentarnos a contemplar la procesión. Pero la verdad es que la gente no sólo lo está pasando mal, sino que se aburrió de la burla a su inteligencia. Ya no es cosa de ofertones, de abrir la billetera una y otra vez. En un reducto muy preclaro de su conciencia, la ciudadanía ha logrado detectar la debilidad y el deterioro político que todo este cuadro refleja. Y esa es la razón por la cual, a pesar de muchos y buenos indicadores, crecen la desconfianza y el descontento. El Gobierno y la Concertación están hoy atrapados por los tentáculos de su propia criatura, por el clima de frivolidad que ellos mismos han prohijado, sin fuerza para retomar el control de su desfalleciente proyecto político. Se ha alimentado la banalidad y ahora es esa banalidad la que empieza a pasar la cuenta. No sólo no se observa capacidad de reacción de parte de la Presidenta, sino que no se vislumbra un diagnóstico claro de lo que ocurre y un diseño para encararlo. Ojalá alguien hable con ella.

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