
El Mercurio, sábado 26 de enero de 2008.
Por Pedro Gandolfo
Desde luego, hay numerosas más. Registro sólo las siguientes: Se lee para aislarse, es decir, para estar solo. La lectura proporciona una intimidad, establece una conexión en que podemos entrar en diálogo con nosotros mismos. La lectura es una vía hacia la soledad voluntaria.
Se lee también, paradójicamente, para no estar solo. Los libros acompañan: Así, se lee con la voluntad de estar solo, pero no desesperadamente solo, sino en vecindad de las historias, de los personajes, de las emociones y de los pensamientos que el libro brinda.
Se lee para distraerse de la tentación de la nada, del pesado fardo del tiempo y de la rutina. La literatura devuelve la vida depurada de toda su grasa, de toda la paja molida, reducida a sus momentos de mayor intensidad y vigor. La vida propia palidece, peligrosamente a veces, comparada con la vida de los libros.
Se lee para comprender a los otros, al mundo y a nosotros mismos. La lectura bien hecha de un buen libro proporciona claves de comprensión de la realidad. Tiene, por eso mismo, beneficios psicológicos y cívicos. Podemos participar de la interioridad de los otros, de sus experiencias plurales y diversas a través de la lectura.
Se lee para recordar lo que hemos leído antes, cómo éramos entonces; para recordar lugares, personas, momentos que ese libro -incluso una cierta edición de ese libro- nos evoca. Así, leer un libro es, de algún modo, como hojear un álbum de fotografías.
Se lee para vivir y experimentar aquello que deseamos vivir y no podemos vivir o, incluso, para llegar a ser aquella persona que anhelamos ser, pero ya no fuimos: la lectura nos regala una existencia vicaria. La lectura sirve como prótesis.
Se lee, pura y simplemente, para pasar el rato, para matar el tiempo, para entretenerse.
Se lee para resolver enig-mas: hay libros que nos plantean "puzzles", desafíos al intelecto y nos van proporcionando pistas para resolver esos enigmas.
Se lee para jugar, pues la palabra también es un juguete: "el más serio, el más fatuo, y el más caritativo de los juguetes."
Se lee para intentar encontrarle un sentido al dolor, que es parte imborrable de la condición humana.
Se lee para conjurar nuestros temores, sobre todo los internos, que la literatura permite mirar de reojo, veladamente.
Se lee para cambiar. Hay libros que son acontecimientos, como lo son los grandes amores o la muerte de seres queridos. No somos los mismos después de haberlos leído: operan una transformación en nosotros. Nadie puede leer bien "La metamorfosis", dice un gran pensador contemporáneo, y mirarse al espejo pensando que nada ha cambiado en él.
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