



sábado 23 de febrero de 2008
Poco antes de la renuncia de Castro, en las calles de La Habana la gente parecía más preocupada de cómo llegar a fin de mes, que de las señales de cambio que flotaban en el ambiente. Estuvimos allí, a horas del histórico anuncio.
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En las calles de La Habana la conversación informal tiene competencia. El ruido de la combustión de motores de autos añosos, de motocicletas mal carburadas que amenazan con pararse en cada semáforo, a veces exige levantar la voz. Las olas en el Malecón y los sonidos de la música tradicional en vivo que irrumpe a cualquier hora en cualquier café del circuito turístico son una banda sonora constante en una ciudad famosa por la sociabilidad de su gente.
Para un extranjero, la conversación informal es también un acto de negociación. Son muchos los cubanos que se acercan a hablar, casi invariablemente con el objetivo de vender algo: habanos y ron artesanal más baratos que en el comercio ("ahí te cobran un ojo de la cara, hermano") o mujeres ("¿no quieres divertirte?"). Otros simplemente piden algo de dinero. Todo con tal de obtener divisas, pesos cubanos convertibles –los "c.u.c."– que los extranjeros manejan como idioma universal en el comercio y a los que los cubanos –que reciben su sueldo en otra moneda, que vale 25 veces menos– no acceden si no es de manos internacionales. Leonardo viste un uniforme gris y se pasea con una carpeta por la calle Obispo. Elige a un extranjero y camina al lado, conversándole hasta que de pronto se separa y se pierde por unos metros. "Perdona", dice de regreso, "es que había un policía y no podemos hablar con extranjeros". Su propio uniforme responde al trabajo de inspector de bares, su carpeta contiene planillas para llevar registro sobre el estado de cocinas y baños, pero también "trabaja" enganchando turistas para un restaurante. "Me dan una botella de aceite si te sientas a tomar un trago ahí", dice. Una vez en el bar expondrá sus otros intereses: recomienda un "paladar" –un restaurante casero– donde le dan una comida gratis por cada diez turistas que lleva. Si uno no quiere ir, Leonardo también ofrecerá habanos y ron.
Es la manera de sobrevivir en La Habana. Es parte de "la lucha". No es la lucha revolucionaria, sino por la supervivencia en un país ahogado por la estrechez y en una capital donde los anuncios de los inminentes cambios, que podían deducirse de diversas señales gubernamentales y sociales, parecían la semana pasada cosa de rumores y especulaciones para una población que parece más preocupada de llegar a fin de mes que de la sucesión de Fidel Castro.
La semana anterior a la carta de renuncia del Comandante en Jefe a sus puestos de poder formal en la isla se hablaba poco de Fidel en la calle y, como siempre, mucho en la televisión. En pantalla, sus columnas escritas –las "reflexiones del Comandante en Jefe"–, dedicadas esa semana al candidato republicano en las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos, John McCain, se leen íntegramente en cámara al inicio del noticiero, y frases destacadas de sus reflexiones sirven como continuidad del programa más emblemático de la televisión cubana, "Mesa Redonda", donde un panel de académicos y especialistas –que incluyen, por ejemplo, a una editora del panfletario periódico oficial, Granma, quejándose de la manipulación ideológica de la prensa internacional– se dedican a analizar diferentes problemas con un solo mensaje: el mundo capitalista se está cayendo a pedazos por culpa de Estados Unidos.
A Fidel ya se lo consideraba retirado –muchas veces con respeto: "hizo mucho, pero ya cumplió su etapa"– antes de su retiro formal del martes pasado. ¿Si su sucesión formal implicará cambios? Ver para creer. "Desde 1980, cuando estábamos bien, que vengo escuchando lo mismo, y seguimos igual", dice José Andrés, un deportista de 38 años que ha tomado la decisión de no seguir esperando y tratará de buscar una manera de salir de la isla a través de sus "contactos". Más viejo y más escéptico es David: "Esto no lo arregla nadie", dice mientras conduce su taxi Lada en una ciudad que huele a combustible, aceite quemado y humedad. "Y si cambia, va a ser para peor", advierte.
En la entrada de un imponente edificio estatal –una de las joyas arquitectónicas heredadas de la opulencia pre revolucionaria–, Pablo, desde su puesto de guardia, sonríe con sus dientes separados y llama a la cautela. "Raúl puede resultar peor que Fidel", advierte, basado en la evidente admiración por el líder natural de la Revolución. "Fidel es más inteligente, hasta fue abogado, pero Raúl no", explica. Pablo tiene 27 años y lo que cuenta es similar a muchos cubanos: su inquietud no pasa por un cambio político, sino por llegar a fin de mes. Él gana un equivalente a 36 dólares por un trabajo de tiempo completo, que hasta el momento no le ha permitido entrar a la universidad, que es gratis. Vive con su madre y su hermana –que trabaja en la entrada de un museo– y todavía llora cuando vuelve a su casa y comprueba la ausencia de su padre, un albañil que murió de cáncer en diciembre y cuya foto Pablo trae consigo en su billetera con cierre de velcro. En algún momento Pablo consideró estudiar danza e integrarse a los grupos artísticos que tienen la oportunidad de viajar por el mundo. Ahora piensa que, cuando pueda, va a estudiar algo relacionado con la gastronomía, un rubro que permite acceder a buenos puestos y a propinas en divisa. "Este es un buen país para vivir", dice. "El único problema es que no hay plata".
Pablo no se llama Pablo, David no se llama David y José Andrés no se llama José Andrés. La mayoría de los nombres de este texto están cambiados, como parte de un trato de confidencialidad. Muchos expresan temor de ser identificados y tener problemas con la policía, y es imposible saber cuánto de autocensura y cuánto de censura real hay en semejante cautela. El descontento que expresan, algunos a media voz, otros más despreocupadamente, tiene menos que ver con inquietudes políticas que con necesidades básicas, particularmente las económicas y con el derecho a viajar. Justamente las dos áreas donde ahora los analistas especulan que podrían producirse cambios importantes en la Cuba post Fidel.
Aun antes de la renuncia de Fidel Castro a la reelección como Primer Mandatario era posible anticipar que 2008, "el año 50 de la Revolución" (como se lee en los comunicados oficiales), no sería uno más en la larga historia de un país–isla que vive como isla. La desaparición del hombre que ha encarnado el ideario, la fidelidad y el poder de Cuba desde el triunfo de la Revolución, enfrenta a los cubanos a una interrogante que no tiene tanto que ver con la posibilidad de cambios, sino con cómo enfrentarlos.
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Muchos cubanos no estaban enterados o simplemente no conectaban los puntos, acostumbrados a creer a medias lo que escuchan o leen en un país donde la prensa es una extensión de las comunicaciones del partido único. Pero las señales de cambio estaban ahí, desde que en julio de 2006 Fidel Castro cediera, al principio temporalmente, el poder al vicepresidente, su hermano Raúl. Él reconoció públicamente que "nadie podría concentrar el poder que tiene Fidel" y que por lo tanto su sucesión implicaría cambios. El mismo año, el gobierno inició un proceso de debates y recepción de comentarios de distintas organizaciones sociales. Según el gobierno, participaron cerca de cinco millones de cubanos y se recibieron un millón doscientas mil propuestas. El corresponsal en La Habana de la BBC, Fernando Ravsberg, escribió: "Nunca, en los 17 años que llevo en la isla, había visto tal unanimidad respecto de la necesidad de cambios".
Aun cuando los cubanos expresaban cautela sobre la posibilidad de reformas mayores, a días del mensaje de renuncia de Fidel Castro algunos que se notaban más informados fijaban sus expectativas."Dicen que el 24 va a haber sorpresas", comentaba Rubén, sentado a pleno sol en el Malecón de La Habana, sin saber que la gran novedad de la renuncia de Fidel llegaría días antes del 24 de febrero, fecha de la reunión de la Asamblea Nacional que debe designar al nuevo Presidente cubano. Rubén arrugaba su cara tostada para advertir que "de Fidel no se sabe mucho, pero ya dejó hasta acá su carrera, ahora le toca al resto". Rubén llevaba un cabestrillo de gasa deshilachado que sostiene uno de sus brazos, convaleciente de una fractura en la clavícula producto de un atropello. A sus 62 años comentaba que sus expectativas están relacionadas con un recuerdo de infancia. "Cuando niño nos sentábamos tres veces al día a comer dignamente. A eso aspiro". "Puede ser que las cosas estén cambiando con Raúl", agrega antes de despedirse. "Quién sabe, quizás haya sorpresas. Ya ve usted lo que pasó la otra vez con los estudiantes y Alarcón".
Lo que pasó la otra vez con los estudiantes y el presidente del parlamento, Ricardo Alarcón, puede haber sido el signo más claro no sólo de que las cosas están cambiando, sino de dónde puede venir ese cambio: de una generación que mientras jura fidelidad al socialismo y la Revolución no sabe quedarse callada para protestar por la dificultad para ganarse la vida en la isla y por la violenta disparidad de derechos de los cubanos, en comparación con los extranjeros. Y que Rubén lo supiera –aun cuando el episodio no fue informado en su momento por la prensa cubana– daba cuenta de que el comentario había llegado a la calle.
"¿Por qué el comercio interior ha migrado al peso convertible cuando nuestros obreros, nuestros trabajadores, nuestros campesinos, cobran el salario en moneda nacional, que tiene 25 veces menos poder adquisitivo?". Fue la pregunta directa de Eliécer Ávila, un estudiante de cuarto año de la Universidad de las Ciencias Informáticas de Cuba al presidente del parlamento, Ricardo Alarcón, durante un foro estudiantil el 19 de enero, un día antes de las elecciones de lista única y partido único que conformarían al "nuevo" Parlamento. Una fuente anónima hizo llegar el video del evento a la corresponsalía de BBC Mundo.
La segunda pregunta de Ávila pasó a los derechos y lo ejemplificó con un sueño digno de un revolucionario: "Si no quiero morirme sin ir al lugar donde cayó el Che, ahí a Bolivia, y he trabajado cultivando por años y tengo ahorrado mi dinero, no tengo esa posibilidad", se quejó. Su tercer punto fue el bloqueo de buscadores de internet, como Yahoo. (Según el reporte de la Open Net Initiative, las trabas a internet se deben tanto al Gobierno cubano como al de Estados Unidos. Menos del dos por ciento de los cubanos accede a internet, la mayoría para usar correo electrónico, y cerca de tres de cada cien cubanos tiene un computador).
A bordo de su Lada, David cuenta sobre las tres veces que le han negado el permiso para ir a conocer alguno de los lugares descritos por su primo, un privilegiado que trabaja como operador turístico. Los pasajes son sólo alguna de las cosas que podría comprar con las "divisas" que ha ahorrado en 18 años de trabajo. "Puedo comprar un teléfono celular con línea y quedarme en un hotel", cuenta. "Pero no puedo". Luego muestra su celular: "Este me lo dejó un chileno que venía todos los años", explica (los extranjeros pueden comprar hasta tres celulares a su nombre; los cubanos, ninguno). David advierte que no está dispuesto a esperar que las cosas cambien, y dice que le están ayudando con gestiones en Europa. Hay una posibilidad de casarse con una extranjera que no conoce, para lograr salir de la isla. "Y eso es porque yo tengo contactos; pero la gente acá no puede acceder a todo esto".
Es la disparidad que se respira en La Habana, una ciudad cuya belleza arquitectónica le valió ser considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y cuyo casco histórico ha sido y está siendo restaurado por la oficina del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal. El valor estético del centro de La Habana Vieja contrasta con las decadentes construcciones a sólo cuadras de ahí, donde las familias viven bañándose con baldes y haciendo rendir lo que ganan con el sueldo formal y lo que consiguen "por fuera", comprando y vendiendo en el mercado negro, consiguiendo divisas de los turistas.
Las construcciones venidas a menos denotan un pasado majestuoso a la espera de que la mano salvadora de la restauración salve al menos su fachada. Es otra historia de contraste, similar a la que cuentan los autos antiguos y destartalados que se han transformado en parte de la postal típica, que comparten calles y avenidas con autos nuevos, propiedad de extranjeros o de cubanos privilegiados con la capacidad de juntar el dinero y el derecho de comprar.
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El martes antepasado, el estudiante Eliécer Ávila volvió a salir en televisión. Esta vez sí fue en la televisión cubana, en una grabación del sitio oficialista Cubadebate. Ávila compareció junto a otros estudiantes que habían participado en el debate de enero, aclarando que las críticas expresadas por los estudiantes fueron "para construir mejor el socialismo, no para destruirlo". De paso, desmintió el rumor de que él y su familia habían sido detenidos, dijo que su ausencia de clases se debió a "un problema de salud" y culpó a la prensa internacional por la manera en que sus comentarios habían sido presentados.
Pero lo dicho está dicho, y las demandas sacaron a la luz una realidad que se palpa en las calles: las peticiones de cambio –por lo menos las que expresan abiertamente los cubanos en La Habana– no están relacionadas con el sistema político, sino con la necesidad de cubrir necesidades y acceder a derechos básicos. Algo que resuena particularmente en las nuevas generaciones, que no vivieron la dictadura de Fulgencio Batista ni se enamoraron de los ideales de la Revolución; por el contrario, han llegado a la adultez en una crisis económica continua que parece obligar a la corrupción, que ven que el mundo exterior tiene más que ofrecer que una guerra continua contra el capitalismo.
"Incluso los más revolucionarios están pidiendo cambios, aunque no estén conscientes de ello", comenta Gustavo, un barman de un restaurant del centro, mientras prepara un mojito sobre el mesón en que trabaja. "Además, las nuevas generaciones ya tienen otra mentalidad". Gustavo tiene 45 años y un hijo de nueve, y hace poco se enfrentó a las expectativas de una mente inquieta. Acostumbrado a conseguirle a su hijo sus videos de dibujos animados de Disney –o "muñequitos", como le llaman– a través de sus "contactos", no tenía uno a mano hace unas semanas, cuando el niño estuvo enfermo. Optó entonces por "lo mejorcito" en animación cubana, un clásico, gentileza de la televisión nacional: Elpidio Valdés, un campesino del siglo XIX que lucha por la libertad de Cuba frente a los opresores españoles. El personaje es un gatillo de nostalgia para cualquier cubano adulto, pero el niño no estaba para apreciar un clásico. "Papá", le dijo. "Pónme unos muñequitos de verdad".
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Como las fachadas de La Habana Vieja, Cuba es un país en construcción que ha dibujado sus planos sobre el mapa del pasado. Los "cambios necesarios" que reconocen sus gobernantes no son al sistema –cualquier apertura es una "concesión al imperio"–, sino una restauración de los mismos edificios sobre los cuales han definido su identidad. Para algunos en La Habana los cambios son una esperanza vieja. "Cuando era joven pensaba que el año 2000 sería otra era, otro mundo", cuenta Gustavo, sorbiendo discretamente un vaso de ron y "Tropi–cola" (Cuba libre, estilo cubano, hoy). "Ya estamos en 2008 y seguimos así".
Lo que Gustavo espera, como muchos, son reformas que simplemente permitan ganarse la vida con trabajo. Y es en eso donde plantea sus dudas: cuando ese cambio, gradual o violento, llegue de una vez, ¿estarán los cubanos preparados? "Es la pregunta clave. ¿Sabremos cómo hacerlo? Hemos vivido en un ambiente artificial, distorsionado", explica Gustavo. "Hay un dicho acá: nosotros hacemos como que trabajamos y el Estado hace como que nos paga. ¿Qué va a pasar cuando salgamos al mundo real?".
Los países capitalistas están a un paso del Apocalipsis. Cualquiera que haya visto suficiente tiempo la televisión cubana lo sabe. José Andrés, el deportista que hace poco decidió buscar la manera de irse de Cuba, comenta que hace unos días vio con preocupación cómo a su hijo de ocho años la profesora de la escuela le recordaba al final del día: "No se olviden de ver Mesa Redonda". Se preocupó aun más cuando otro día su hijo vio a George W. Bush en pantalla y se paró, alterado, a gritarle improperios al televisor. "Es una inyección letal la que les ponen", se lamenta, atrapado por la encrucijada de cómo educar a un niño en tiempos de cambio cuando nadie está seguro de qué se tratará el futuro.
La historia de Cuba es una de guerra permanente, que empieza mucho antes que las barbas de Fidel y el "Che" Guevara. Es la guerra continua por la identidad nacional contra el enemigo opresor, contra el imperio. Primero los españoles, desde la fundación del Partido Revolucionario Cubano en 1892; y luego Estados Unidos.
La guerra se sigue librando en cada espacio posible: incluso en los centros comerciales como "La puntilla", un modesto mall inaugurado en 2001 en la Primera Avenida, en Miramar, zona cercana a grandes hoteles y bellas avenidas que sirven de sede a varias embajadas. "La puntilla" –como todo en La Habana– está iluminada con ampolletas ahorradoras de energía –prendidas una por medio– y sus escaleras mecánicas que no funcionan (economizar energía es consigna de todos los días). Junto a los mostradores, proliferan afiches sobre el significado de la Revolución ("es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo") y advertencias a Estados Unidos ("Señor Bush: este pueblo no podrá ser engañado ni comprado").
"El adversario a derrotar es sumamente fuerte, pero lo hemos mantenido a raya durante medio siglo", escribió Fidel en su anuncio del martes.
La definición de una identidad sin enemigos asoma como un imposible para Cuba, al menos en el mediano plazo. Es un país de gente alegre, capaz de convertir cualquier café en una fiesta con una guitarra y un cantante afinado; un país donde el azúcar está siempre húmeda y el edulcorante no se conoce, pero que parece necesitar de un dejo amargo para saborear su propia existencia. Cambie lo que cambie, al ritmo que lo haga, el ajuste de su población al mundo exterior, al mercado y a una reconciliación entre castristas y expatriados tomará generaciones.
"Acá culpamos mucho al bloqueo, pero es la misma gente la que está bloqueada", dice José Andrés. "Vamos a necesitar un cambio de mentalidad, un cambio cultural", agrega, antes de contar la historia de un conocido con el que se encontró hace un tiempo, sorpresivamente en las calles de la capital. "El tipo se había ido en lancha a Miami. Volvió tiempo después, de visita, y dijo que estaba descontento porque sobrevivir allá tomaba mucho trabajo. Él extrañaba estar a las ocho de la noche en una esquina bajo un farol tomando y jugando dominó con los amigos", explica José Andrés. "¿Ves lo que te digo? Es la mentalidad la que hay que cambiar".
Francisco Aravena DESDE LA HABANA.
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