Las últimas cifras conocidas sobre la evolución de los niveles de actividad económica y del ritmo inflacionario dan cuenta de una realidad poco alentadora: mientras el impulso expansivo de la producción entrega señales de estar perdiendo fuerza, los precios en el país registran un aumento que comienza a alarmar, configurándose así una desfavorable combinación que puede instalarse en la economía.
Los responsables de la conducción de la política económica han intentado bajarles el perfil a las últimas cifras de inflación y crecimiento, asociándolas a situaciones aisladas. En el caso de los aumentos de precios, la causa principal del fenómeno en curso radicaría en el comportamiento de los productos alimenticios, los cuales, en su componente importado, se han visto influidos por una situación de mayor escasez mundial relativa, mientras que una amplia variedad de productos locales (frutas, verduras y hortalizas) está todavía sufriendo los efectos derivados de los fenómenos climáticos de los últimos meses.
En cuanto a niveles de actividad, el inesperadamente bajo crecimiento del Imacec en agosto (4,5 por ciento) se explicaría por el menor valor agregado asociado a la generación de energía eléctrica mediante plantas térmicas, y por el impacto negativo que en la producción minera estaría vinculado a proyectos específicos.
Más allá de explicaciones que surgen de ejercicios aritméticos, preocupa la falta de visión para situar estos problemas en una perspectiva más global. En lo referido al mayor ritmo inflacionario, es indiscutible que los precios de los alimentos han tenido este año un comportamiento bastante atípico, pero es preocupante que, incluso aislando este efecto y recurriendo a la medición de lo que se conoce como inflación "subyacente" -que deja fuera a los combustibles y a los productos perecibles-, la tendencia global muestre una inclinación alcista que se arrastra hace varios meses. Y en materia de crecimiento, más allá del resultado de agosto, se ha venido observando en los últimos meses una caída en la tendencia cíclica del ritmo de expansión, lo que, indudablemente, tendrá un efecto significativo en la evolución del PIB.
Una preocupación adicional -expresada aun por el ministro de Hacienda a parlamentarios- es la tendencia del tipo de cambio: el dólar cayó el lunes por debajo de 500 pesos, su mínimo en ocho años, y los expertos creen que seguirá en torno a esa cifra. Habiéndose acelerado esto por el aumento en el diferencial de tasas de interés entre Chile y EE.UU., es de notar que la apreciación nominal del peso chileno respecto del dólar es inferior a la que se ha producido entre la moneda estadounidense y el euro, e incluso entre ella y las monedas de otros países emergentes. Siendo un fenómeno global, es poco viable una intervención cambiaria como la que piden algunos gremios.
El significado práctico de esto es que lo verdaderamente relevante para medir competitividad -el tipo de cambio real- no ha experimentado variaciones significativas. Por tanto, el menor valor nominal del tipo de cambio en Chile debería estar compensando, en esencia, una mayor inflación en dólares de la canasta promedio de productos que el país comercializa, pero con situaciones disímiles en los distintos sectores.
No cabe sino concluir que la coyuntura actual es delicada para articular una política fiscal estabilizadora. La expansión considerada en el Presupuesto 2008 -muy por sobre lo que se espera sea el crecimiento del PIB y con una orientación básicamente asistencial- podría forzar alzas adicionales en la tasa de interés, lo cual afectaría negativamente el gasto privado y debilitaría adicionalmente el tipo de cambio.
miércoles, 10 de octubre de 2007
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