Editorial, Mercurio, miércoles 3 de octubre de 2007.
La conformación de los hogares en nuestro país está cambiando de manera significativa, como lo muestran los censos. A su vez, la encuesta Casen 2006 permite apreciar las consecuencias de ello. Los hogares con presencia de madre y padre han retrocedido seis puntos porcentuales desde 1990, ubicándose en la actualidad en 61,2 por ciento. Poco más de un cuarto de los hogares cuenta con la presencia del padre o la madre. En el 85 por ciento de éstos -es decir, un millón 150 mil hogares- quien está a cargo es la madre. La probabilidad de que estos hogares caigan en pobreza es relativamente alta: ellos representan el 37 por ciento de los hogares en indigencia y el 32 por ciento de los que están en pobreza. Estas proporciones son superiores a las que existían en mediciones previas, sugiriendo que en estos hogares se esconde una pobreza dura, que reacciona con menor vigor a las oportunidades que abre el crecimiento económico.Esto ocurre, entre otros aspectos, porque menos de la mitad de las mujeres del quintil más pobre que son jefas de hogar participa en la fuerza de trabajo. En muchas ocasiones, la ausencia del padre significa un abandono total, que ahonda la desmedrada situación económica de esos hogares. Nuestra política social no está suficientemente preparada para lidiar con tales situaciones. Las políticas públicas no contemplan incentivos para la relación de los que deciden permanecer unidos, ni existe hoy focalización de subsidios, estímulos económicos ni tributarios que propicien la constitución de familias estables. Como es menor la probabilidad de que caigan en pobreza los hogares en que se mantiene la unión -lo que, en consecuencia, reduce la demanda potencial por apoyo del Estado-, parecería razonable promover iniciativas que premien la vida en pareja. Por cierto, incentivos de este tipo pueden crear uniones artificiales que, a la larga, no son beneficiosas para la sociedad. En cualquier caso, éstas son reflexiones pertinentes, que se están haciendo en otros países y que serían necesarias también en el nuestro.Quizás más importante es pensar cómo se diseña la política social para esta realidad, especialmente cuando ella lleva aparejada la ausencia de la figura paterna y origina una situación persistente de pobreza o de problemas sociales complejos. Por cierto, el análisis de estos casos requiere cuidado, entre otros aspectos, porque la existencia de hogares encabezados por mujeres no necesariamente significa ausencia del padre, pobreza o problemas sociales. Muchas veces, en el análisis de estas situaciones se establecen correlaciones estadísticas que no resisten escrutinios más acabados y que, a menudo, malinterpretan la evidencia.En todo caso, se han ido acumulando antecedentes que sugieren que la total ausencia de la figura paterna, además de los previsibles efectos negativos sobre la situación socioeconómica de los hogares, tiene impactos más duraderos, en particular en el desarrollo de los hijos, sobre todo varones. Se observa que el desarrollo de las habilidades no cognitivas en la niñez y adolescencia de los varones parece estar ligado a la presencia directa o indirecta del padre. Además, es por la figura paterna que los jóvenes "imaginan" su ingreso al mundo laboral. En ausencia de estos desarrollos y preparaciones en el seno familiar, a los niños y jóvenes les resulta más difícil adaptarse a las demandas provenientes de los mundos escolar y laboral, entre otros.El desarrollo de las habilidades no cognitivas en las nuevas realidades que enfrenta un número creciente de hogares chilenos es un desafío innegable de la política social, que el Estado central no tiene capacidad de enfrentar. Se requiere fortalecer efectivamente a gobiernos locales y organizaciones privadas para que aborden con flexibilidad y cercanía estas nuevas situaciones, que hacen indispensable cambiar los modos de hacer política social.
miércoles, 3 de octubre de 2007
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