diez meses de los Juegos Olímpicos, los chinos trabajan como chinos en la construcción de nuevos estadios y líneas de metro. Incluso lanzaron una campaña para que los pequineses dejen de escupir en las calles y aprendan inglés. Porque son una potencia mundial y quieren demostrarlo.
Por Amalia Torres, desde Beijing, China.
Sin contar las 24 horas de vuelo desde Santiago a Beijing, el sueño de conocer la Gran Muralla China puede tomar hasta 90 minutos más de viaje. Todo para pararse ahí, contemplar en silencio y luego, lógico, registrar la postal soñada. Pero hay un detalle: no importa hacia dónde enfoque su cámara, por estos días será muy difícil sacar del encuadre el gran cartel que, ubicado estratégicamente, anuncia que Beijing será la sede de los próximos Juegos Olímpicos.
Lo mismo ocurre en el resto de la ciudad. Pasear por Beijing es como estar dentro de un spot del evento, con el logo repetido en cada esquina y el lema "One world, one dream" escrito tanto en llaveros y lápices como en la solemne Plaza Tiananmen.
Aunque todavía falten diez meses para el 8 del 8 del 2008, fecha de la esperada inauguración, la fiebre olímpica ya se apoderó de la ciudad.
70 kilómetros al noroeste de Beijing se encuentra Badaling, una de las entradas más concurridas a la Gran Muralla. Se trata de la mejor opción para caminar sobre el muro que recorre gran parte del país. La entrada cuesta 45 yuanes, unos 6 dólares, y ojo que se necesita un buen par de piernas para subir algunas de sus gradas empinadas y alejarse de los grupos de turistas. Pero el esfuerzo vale la pena.
Aquí mismo se topará con vendedores ambulantes que le ofrecerán —a precios siempre regateables— jockeys y poleras piratas con el logo del encuentro deportivo. Eventualmente, pueden ser una molestia, pero en ningún caso la cara más fea de Beijing. Eso queda reservado para los interminables tacos y los altísimos niveles de contaminación atmosférica, algo que el turista comienza a vivir justo al regresar de la Gran Muralla.
Un tema que parece no molestar mayormente a los locales, acostumbrados a un cielo siempre gris, pero que sí preocupa al Comité Organizador de los Juegos. Este organismo admitió hace poco que con esos niveles de polución sería mejor no realizar algunas pruebas, entre ellas el emblemático maratón. Otros expertos en medicina deportiva han planteado, además, que en esas condiciones será imposible batir récords mundiales. Ante eso, Estados Unidos y Australia ya preparan a sus atletas para adecuarlos a un menor rendimiento pulmonar, mientras otros países piensan entregarles inhaladores.
Al caminar por las calles, uno puede darse cuenta de la carrera acelerada del gobierno por disminuir la contaminación: se están plantando 28 millones de árboles (mucho de ese trabajo se hace de noche y con ejemplares ya crecidos), trasladando o cerrando las empresas más contaminantes y construyendo seis nuevas líneas de metro. Por si eso fuera poco, ya se anunció que mientras duren los Juegos sólo se permitirá que circule la mitad de los autos y se ha prometido lluvia artificial antes del encuentro —bombardeando las nubes con yoduro de plata—, para evitar así el aire contaminado.
Para escapar del esmog, lo mejor es visitar el Palacio de Verano, una de las mayores zonas verdes de Beijing, coronado con clásicas pagodas y con un lago artificial donde navegaban los emperadores.
A cuarenta minutos en auto del centro de la capital, recorrer el palacio es un típico paseo familiar chino. Por eso, donde uno mire encontrará, literalmente, a miles de personas descansando, leyendo o comiendo fideos en extremo aromáticos.
Aquí sí que se nota que los chinos son mil trescientos millones. La misma guía china se queja por la cantidad de personas y reclama por la dificultad de mantener al grupo unido. Eso sí, recuerda con alivio que aún no ha llegado la avalancha de turistas que se espera para agosto de 2008, cuando, por lo bajo, un millón y medio de personas aterrizará en Beijing.
Los chinos hablan mucho de los Juegos, pero no por eso hacen más deporte. Ni siquiera los 67.000 millones de dólares que China piensa desembolsar en el evento —cuatro veces más de lo que gastó Atenas para la edición del 2004— han servido de incentivo. En las calles nadie trota e incluso la clásica bicicleta está siendo desplazada por la moto.
El lugar que hace la diferencia es el Templo del Cielo, ubicado sólo dos kilómetros al sur de Tiananmen. En sus jardines es posible ver todas las mañanas a jubilados que practican tai chi, hacen figuras en el aire con cintas de colores y ensayan pasos de tango. Es tal su entusiasmo que terminan invitando a cualquiera que muestre un poco de interés.
El Templo del Cielo es también una de las paradas obligatorias del turismo interno; miles de chinos llegan desde las provincias para conocer el sitio donde el emperador oraba para tener buen clima y buena cosecha. Y muchos de ellos se extrañan ante la gran cantidad de occidentales que repletan el lugar. No es raro que mediante mímicas le pidan a los extranjeros fotografiarse a su lado. Mientras más alto o más rubio sea el turista, más pedidos deberá atender.
La visita a la Plaza Tiananmen es también obligatoria, y no sólo para los locales. En ella todavía puede encontrarse a los clásicos niños que agitan sus banderas rojas mientras son fotografiados por sus orgullosos padres, y también a los vendedores de enormes volantines. Se trata de una imagen de China que no ha cambiado por décadas.
Pero muy cerca de ahí sí que ocurren cambios. El afán modernista que han despertado los Juegos ha llevado a que algunos hutongs desaparezcan bajo el implacable avance de las grúas. Los hutongs son la versión china de los conventillos. Se trata de viejos y laberínticos callejones residenciales, algunos construidos en el siglo 13. Famosos arquitectos han levantado la voz en defensa de este patrimonio, pero el progreso ha seguido de largo.
Y en los hutongs que quedan no sería raro si alguien se le acerca para hablarle en inglés. Es que muchos chinos están aprendiendo este idioma, con miras a los Juegos. Los setenta mil voluntarios que trabajarán durante el evento, además de la policía y los taxistas, reciben aceleradas lecciones. Claro que por el momento, sobre todo cuando se suba a un taxi, el consejo es llevar siempre el nombre del destino escrito en ideogramas para evitar confusiones.
El tema de fondo es que el gobierno de Hu Jintao está empeñado en mostrar una China occidentalizada. Hay campañas para que la gente deje de escupir en los espacios públicos y no dé empujones en las filas, dos hábitos muy arraigados. También se pretende sacar de la calle a vendedores ambulantes y mendigos. La idea es que Beijing luzca como una ciudad del primer mundo.
En la calle Wangfujing, cerca de la Plaza Tiananmen, se ve la transición entre el presente y el pasado. Allí conviven modernos centros comerciales con callejuelas donde se vende té, coloridas artesanías y unos anticuchos de alacranes y otros bichos que a los chinos les encantan.
En Wangfujing es probable que lo arrastren del brazo hacia alguno de los locales. No se asuste, no es un secuestro. Sólo es parte del insistente ritual de los vendedores chinos, muy efectivo por lo demás: es imposible dejar los locales sin haber comprado al menos un marcador de páginas o un dragón de papel.
En los cinco siglos que la Ciudad Prohibida funcionó como alojamiento para las dinastías Ming y Qing, no estaba permitido que los ciudadanos se acercaran a sus muros. Hoy, con el gran retrato de Mao que cuelga en la entrada principal, esta zona es todo un símbolo de la revolución comunista.
La Ciudad Prohibida luce imponente y es uno de los puntos altos de cualquier visita a la ciudad. Sin ansiedades, claro: tiene 150 mil metros cuadrados de construcción, lo que hace imposible recorrerla por completo. Y menos ahora, debido a los andamios que la preparan para la fiesta que viene.
Porque los Juegos Olímpicos están en todos lados. Ni siquiera en el avión de regreso es posible dejarlos atrás: las pantallas de las aerolíneas locales repiten una y otra vez el aviso del encuentro deportivo. Los únicos que parecen no saturarse son los propios chinos. Saben que en agosto de 2008 las cámaras del mundo enfocarán hacia su país. Y la idea es no dejar a nadie indiferente.
Pasear hoy por Beijing es como estar en un spot de los próximos Juegos Olímpicos.
Conocer
• Ciudad Prohibida: se puede visitar todos los días del año desde las 8.30, y la entrada cuesta 60 yuanes (8 dólares); si va en verano, vale la pena llevar un par de botellas de agua, porque adentro en verdad no hay dónde comprar.
• Palacio de Verano: las puertas del Palacio abren de las 8 a las 19 horas y su entrada cuesta 30 yuanes (4 dólares).
• Templo del Cielo: la entrada al jardín cuesta 30 yuanes (4 dólares), y al templo 38 yuanes (5 dólares). Las puertas se abren a las 8.
DORMIR
• The Peninsula Palace Beijing: a pocas cuadras de la Ciudad Prohibida, cuenta con lujosas tiendas en su interior, como Louis Vuitton, Prada y Bulgari. Dobles desde 200 dólares.
beijing.peninsula.com
• The Jianguo Hotel Beijing: a sólo un minuto del Metro, está en pleno centro comercial de la ciudad. Dobles desde 95 dólares. www.hoteljianguo.com
• Far East Hostel/Hotel: a media hora a pie desde la plaza Tiananmen, se trata de una excelente opción para bolsillos ajustados. Dobles desde 60 dólares, con internet gratis. e–mail: courtyard@vip.sohu.com.
Más información:
http://en.beijing2008.cn/
Comprar
Los occidentales se vuelven locos en los mercados chinos: hay desde artículos originales hasta imitaciones perfectas de productos de marca, y todo es barato. Por ejemplo, un iPod nano falso cuesta 17 dólares, y una camisa Lacoste, 4 dólares. Estos son los principales centros de compra:
Yashow: aquí tienen todos los modelos imaginables de relojes, zapatillas y hasta sombreros. Dependiendo de la habilidad para regatear, los precios pueden bajar más de 80%. Abre de 8.30 a 21 horas.
Hongqiao: está a diez minutos de la Plaza Tiananmen. En este galpón, agotadores vendedores no lo dejarán salir hasta que lleve alguna perla negra o artículo electrónico a un precio 10 veces menor que el de una tienda convencional.
Mercado de la Seda: al este de la ciudad, cerca de la embajada de Estados Unidos, es un edificio de cinco pisos que atrae a 20 mil compradores diarios. En sus más de 400 puestos se encuentran desde cachemiras y pashminas hasta copias de trajes Armani o Prada.
Panjiayuan: al este del Templo del Cielo y de Hongqiao, es un inmenso bazar de antigüedades con fama de ser el más barato de Beijing. Monedas antiguas, reliquias budistas, esculturas de jade, marionetas de cuero y cerámicas abundan en sus 4.000 puestos. Conviene llegar temprano, y visitarlo el fin de semana.
Ojo, que un dólar equivale a 7,5 yuanes. Las tiendas no siempre aceptan la moneda americana.
Los nuevos colosos
ESTADIO OLÍMPICO: fue ideado por la firma de arquitectura suiza Herzog y De Meuron. Con capacidad para cien mil personas, parece un nido metálico gigante. Aquí será la inauguración de los Juegos, con coreografías multitudinarias a cargo del célebre director de cine Zhang Yimou (Héroe, La Casa de las Dagas Voladoras).
CENTRO ACUÁTICO: su aspecto imita a una caja llena de burbujas. Aquí se realizarán las pruebas de nado sincronizado y waterpolo.
jueves, 25 de octubre de 2007
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