
Domingo 10 de febrero de 2008
La Alianza jugó con la desesperación de un sector de la Concertación, apurando el acuerdo con los descolgados en el Senado, pero abriéndose a una fórmula de negociación con el oficialismo en la Cámara de Diputados.
Max Colodro
Sin mucho estruendo concluyeron hace unos días las negociaciones para la conformación de las mesas del Congreso. Como era esperable, la Concertación ha debido afrontar su condición de minoría en ambas cámaras, intentando limitar las implicaciones de la nueva correlación de fuerzas impuesta por el abandono voluntario o forzado de varios parlamentarios. La dirigencia oficialista trató hasta el final de conservar ciertas posiciones, pero una inteligente estrategia de negociación le ha permitido a la Alianza por Chile anotarse un triunfo innegable, cuyas consecuencias para el Gobierno serán, a partir de marzo, fáciles de prever.
La oposición, y particularmente la UDI, supo intuir primero y manejar después un factor clave para explicar el desenlace: el enervamiento que provocaba en la actual directiva DC la sola posibilidad de que los nuevos independientes se convirtieran en el elemento desequilibrante en la configuración de las mayorías. Así, la Alianza jugó con la desesperación de un sector de la Concertación apurando el acuerdo con los descolgados en el Senado, pero abriéndose a una fórmula de negociación con el oficialismo en la Cámara de Diputados. No hubo, de parte de la UDI, ninguna rigidez ni obsesión por un esquema preconcebido, sólo una gran ductilidad táctica, que le permitió optimizar sus recursos para conseguir un objetivo claro en función de los imperativos políticos y electorales que se avecinan. Las tensiones y desavenencias que el resultado provocó en las filas de la Concertación son el mejor síntoma de quién está pagando los costos y de dónde han quedado las principales magulladuras.
El corolario de estas negociaciones veraniegas habla por sí mismo: en la mesa del Senado deja de haber Concertación luego de un acuerdo entre los independientes y la Alianza. Los primeros tendrán la presidencia este año y los segundos, el que viene. El Gobierno y el oficialismo tendrán que pasar por el trago amargo de ver a Adolfo Zaldívar o a Fernando Flores encabezando el segundo Poder del Estado, teniendo con ello los independientes un instrumento de poder real y simbólico inobjetable, que condicionará las tratativas parlamentarias e impondrá una valla nada fácil de sortear para la iniciativa gubernamental.
En la Cámara de Diputados la oposición optó, contrariamente, por dividirse el período con la Concertación, en la medida en que fue esta última quien aceptó entregar como moneda de cambio la presidencia el próximo año, es decir, cuando ambas coaliciones se jueguen el todo por el todo en la contienda parlamentaria y presidencial. La obcecación del oficialismo en su empeño por castigar y aislar a los independientes resultó ser en este cuadro el mejor aliado de la Alianza, que supo utilizar dicha variable en su propio beneficio. En resumen: el Gobierno y la Concertación han debido resignarse a perder la presidencia de ambas cámaras cuando era más importante mantenerlas, y tendrán ahora que enfrentar el electoralmente decisivo 2009 con la UDI encabezando el Senado y, casi con seguridad, con la UDI asumiendo también la presidencia de la Cámara. La coalición gobernante obtiene como premio de consuelo la jefatura de esta última durante el año en curso, caramelo a todas luces menor cuando el despliegue territorial de los partidos estará centrado en los municipios y, muy en menor medida, en los distritos y circunscripciones.
No resulta fácil explicar cómo la Concertación fue capaz de perder en dos años una mayoría decisiva para garantizar la consecución de su agenda gubernamental. Sólo puede decirse que de esta farra no puede culpar a nadie salvo a sí misma, a su incapacidad para mantener el orden y la conducción política en los momentos claves, y a un gobierno cuyas debilidades y descoordinaciones han sido centrales en el deterioro de su base de sustentación. De este modo, no se ve fácil el panorama del oficialismo a partir de marzo, con factores globales y domésticos imponiendo un contexto de mayor complejidad e incertidumbre. Hoy más que nunca el Gobierno necesitapasar por el trago amargo de ver a Adolfo Zaldívar o a Fernando Flores encabezando el segundo Poder del Estado".ba el control del Legislativo para concretar su agenda en el cada vez más escaso tiempo que le resta. Y precisamente ese control y esa hegemonía es lo que ha terminado de desaparecer en esta negociación.
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